2012-02-04

¿Quién quiere guerra con Irán?

No es la gente común la que quiere una guerra con Irán.  Una reciente encuesta en EEUU muestra que sólo una exigua minoría apoya acciones militares contra Irán.  Una encuesta de noviembre entre el público de Israel arroja que menos de la mitad de los israelís apoyan los ataques propuestos por su gobierno.  El 64% prefiere una zona libre de armas nucleares que incluya a Israel.  El creciente apoyo de los jóvenes a Ron Paul, pre candidato presidencial, se explica en buena parte por su rechazo a la guerra y la intervención militar.  Los americanos no creen que las guerras en Irak y Afganistán favorece su seguridad contra actos terroristas.

Nouriel Roubini el profesor de economía de NYU dice que una guerra con Irán puede meternos en una depresión económica global.  Joseph Stiglietz, premio Nobel de Economía, dice que la guerra destruye las economías, contrario a keynesianos de guerra como Krugman.


McClatchy reporta que el más reciente análisis de seguridad de Casa Blanca no detecta cambio en la situación nuclear de Irán en 2007. Bloomberg reporta que la planta de enriquecimiento de uranio en Fordo permanece bajo supervisión y contención de la Agencia Internacional de Energía Atómica.  Prensa Asociada revela que el secretario de Defensa Panetta declara que Irán no ha decidido aun fabricar un arma nuclear.  De otra parte,  el WSJ juega al metemiedo con una información para implicar lazos entre Teherán y Al Qaida.  El Washington Post, vocero del centro de poder en Washington, disemina información sin fundamento, pero útil para un operativo de bandera falsa.

Conservadores y liberales y organizaciones de seguridad, coinciden en que las guerras de EEUU intensifican el problema del terrorismo como vienen demostrando FPWaPo, Salon, Ron Paul, Rand Corp, CounterPunch, Mother Jones y otros.  El mismo Brzezinski, ex consejero de seguridad y cerebro de la Tri-Lateral, ha dicho que la guerra contra el terrorismo es un narrativa mítica creada para justificar la guerra permanente y expandible. El Patriot Act se escribió antes del 9-11 y el espionaje ilegal de ciudadanos comenzó siete meses antes. Hoy la guerra contra el terrorismo y la guerra contra las drogas sirven de pretexto para la militarización de las fuerzas de seguridad civil, en especial los cuerpos de policía

Existe abundante evidencia de que las guerras de hoy y la supresión de libertades civiles fueron planificadas antes del 9-11.  La cantaleta del riesgo inminente de un Irán nuclear lleva 30 años. Lo que ocurre hoy es parte de la formulación de la agenda para la post Guerra Fría de 1992 que estuvo a cargo de oficiales del Departamento de Defensa de Dick Cheney, que fueron luego connotados neo conservadores del gabinete de Bush: I. Lewis Libby, Paul Wolfowitz, Zalmay Khalilzad y Richard Perle.

Entre los puntos sobresalientes de la agenda o Guía para la Planificación de la Defensa (DPG) pos Guerra Fría, estaban los aumentos masivos en gastos de defensa, evitar que emergieran competidores en cualquier región, afirmar el status de potencia única y socavar la idea del multi lateralismo donde no convenga a los intereses de EEUU. En la guía, sus autores argumentaban que EEUU debía ejercer el liderato necesario para establecer y proteger un nuevo orden mundial con la capacidad de convencer a competidores potenciales a no aspirar a un rol de mayor importancia en la defensa de sus intereses. 

Las estrellas muestran las instalaciones militares de EEUU alrededor de Irán.
Obama ha dado continuidad a la agenda de los neoconservadores de Bush y los elementos guerreristas en Washington. Al fin de la era de Bush se supo de las instrucciones de Rumsfeld de no poner énfasis en la captura de Bin Laden o en derrotar a Al Qaeda y el Talibán y, por el contrario, concentrar en  cambiar los regímenes deIrak, Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Libano. Wesley Clark, ex comandante de la OTAN, relató que, en una visita al Pentágono a pocos días del ataque del 9-11, un general le confió que ya se había decidido ir a guerra contra Irak.  Días más tarde, ese general le informó de un memo de Rumsfeld que esbozaba los planes de guerra contra Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Libano. La guerra de Afganistán fue planificada antes del 9-11. La operación de Irak le costó a los republicanos la presidencia; Obama capitalizó en la antipatía a esa guerra.  Pero Obama no acabó con la guerra.  La expandió acorde a los objetivos trazados por los neo conservadores desde 1992, aunque con algún disimulo. En Libia ha querido evitar los errores en Irak. En Somalia expande su guerra por proxy y la añade a la lista de países musulmanes atacados con drones. Ya interviene en Sudán.  Pero en Siria la narrativa imperial de guerra humnaitaria colapsa con el informe de los monitores de la Liga Arabe que encontraron que la oposición siria está bien armada y se involucra en actos terroristas contra la población civil.  El informe no iba a ser publicado pero se filtró.  Tras el fiasco, Washington se movió al Consejo de Seguridad Nacional para extraerle otra resolución tipo Libia que justificara la intervención militar, pero esta vez fracaso.  Ahora Hillary Clinton busca montar una nueva Coalition of the Willing como la que usó Bush para agredir y ocupar a Irak. 

Los neocons que llevaron a la guerra de Irak ahora ejercen presión para que EEUU ataque a Irán, a pesar de que una rápida mirada al mapa de las bases militares de EEUU en la región obliga a concluir que Irán no representa un peligro militar para nadie, como no sea que le obliguen a la guerra. El Pentágono trata de evitar que la teocracia de Israel que saliva por la guerra contra la teocracia de Teherán arrastre a EEUU a una guerra regional. Casa Blanca sabe que otra guerra de grandes proporciones le costaría la relección a Obama y ha optado por el embargo económico y las operaciones secretas para lograr el mismo fin: remover los régimenes de la región no controlados por la elite financiera global, desestabilizar la región para quedarse como árbitro exclusivo, contener la influencia económica de China y seguir imponiendo el dólar como la divisa internacional.  Durante la presidencia de Bush los neocons quisieron convertir la presidencia en una monarquía electa y lo intentaron con un incumbente de talante poco sofisticado, blanco, anti intelectual y fundamentalista religioso. Hoy sirve el mismo propósito de revertir el experimento constitucional, un afroamericano, de experiencia multi cultural, fino y profesor de derecho constitucional.

PARA LEER: Seymour Hersh (New Yorker) y Juan Cole,

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